Al invertir, nuestras emociones nos hacen perder dinero. Por eso no solo es importante elegir bien en qué invertir, también cuándo y cómo hacerlo.
En este vídeo te contamos cuánto dinero perdemos los inversores por culpa de nuestras emociones, que nos hacen comprar y vender en malos momentos, incluso sin darnos cuenta. Veremos la curva emocional del inversor, por qué nos pasa, y qué puedes hacer para que te afecte lo menos posible.
Pero antes de hablar de emociones hablemos de bolsillos. ¿Cuánto dinero pierde la gente por decisiones impulsivas con sus inversiones?
La empresa especializada en análisis de inversiones Morningstar lleva casi 20 años haciendo una comparativa muy interesante. Mira por un lado la rentabilidad de un conjunto muy amplio de fondos de inversión, y por otro lado lo que ganan las personas que invierten en esos fondos. A priori parece que debería ser lo mismo, ¿verdad? Pues resulta que no.
En la década entre 2015 y 2024, los fondos y ETFs estadounidenses rindieron un 8,2% anual de media, pero el inversor promedio obtuvo solo un 7%.
¿Cómo es esto posible? Se explica sobre todo por los momentos en los que los inversores compran y venden. La curva emocional nos hace vender cuando hay momentos de pánico y comprar cuando hay euforia, y eso nos lleva a perder rentabilidad.
El mejor ejemplo es el año 2020, el de mayor diferencia de toda esa década. Mucha gente vendió por pánico en los primeros meses de la pandemia, y el mercado pronto rebotó.
De todas formas, un 1,2% de diferencia entre la rentabilidad de los fondos y el rendimiento de los inversores no parece demasiado, ¿verdad? Cuidado, porque puede ser mucho dinero.
En esta gráfica ves la evolución si invertimos 200€ al mes en un fondo que nos da un 8,2% de rentabilidad anual, y en otro que nos da un 7%. A largo plazo la diferencia se amplía mucho. En 10 años la diferencia es de poco más de 2.000€, en 20 años son casi 15.000€, en 30 años casi 60.000€ y en 40 años son 185.000€.
Por eso no solo es importante en qué inviertes, sino también cómo lo haces. Si compras y vendes siguiendo impulsos emocionales, aunque es muy normal y muy humano, te puede costar una fortuna a largo plazo.
Como ves la pérdida es real y grande. Y una causa importante son nuestras emociones, por eso te voy a contar ahora cómo es la montaña rusa emocional del inversor.
Imagina un inversor español de 35 años llamado Juan.
A mediados de 2020 un compañero de trabajo le dijo que estaba ganando dinero gracias a la empresa Meta, matriz de Facebook, que estaba subiendo con fuerza. Y seguro que seguiría subiendo porque tras la pandemia las empresas tecnológicas y de redes sociales eran sin duda el futuro.
Al llegar a casa ese día, Juan buscó el gráfico de las acciones de Meta y vio lo que estás viendo en pantalla. La acción estaba en máximos históricos y subiendo con fuerza desde marzo. Pensó: “Esto tiene buena pinta, no voy a invertir ahora pero voy a seguirlo de cerca”.
En abril de 2021 Juan volvió a mirar las cotizaciones y vio que Meta seguía subiendo. Pensó: “Si sigo esperando me lo voy a perder mientras mi compañero sigue ganando dinero, voy a invertir ya”. Y compró 10 acciones a unos 300 dólares cada una.
¿Qué habrías hecho tú en la situación de Juan? ¿Habrías invertido en Meta? Cuéntanoslo en los comentarios.
Durante unos meses Meta siguió subiendo, y hacia final de 2021 el crecimiento se detuvo.
Pero en 2022 la acción empezó a caer. En febrero ya había bajado hasta los 200 dólares, y Juan pensó: “Es una corrección, voy a comprar más ahora que la acción está barata”, y compró otras 2 acciones a unos 200 dólares cada una. En septiembre la acción cayó a menos de 150 dólares, y Juan ya con cierta preocupación pensó “ya ha caído más de la mitad, es imposible que una empresa como Meta caiga mucho más que esto”.
Pero en octubre llegó el desastre, la acción cayó por debajo de 100 dólares, el compañero de Juan ya había vendido sus acciones y en las noticias pintaban muy mal el futuro de las empresas tecnológicas. Juan pensó: “Me rindo, voy a vender mi posición y no quiero volver a saber nada de la bolsa”.
Vendió sus 12 acciones a unos 100 dólares cada una. Así, ingresó 1.200 dólares de los 3.400 que había invertido en total, o sea que perdió 2.200 dólares por el camino. Y lo que es peor, se quedó con la idea de que el mercado bursátil es tan arriesgado que no merece la pena.
¿Qué harías tú si una de tus inversiones cae más de un 70%? ¿Abandonarías el barco como hizo Juan, o resistirías a bordo?
Al vender todo, Juan se sintió bien, sintió alivio. Vio cómo el resto del año la acción estuvo cerca de los 100 dólares. Pensó: “Menos mal que vendí”.
Pero en 2023 los vientos cambiaron y Meta empezó a subir de nuevo. En febrero superó los 150 dólares, y Juan pensó “¿Qué está pasando aquí? Se suponía que Meta y las tecnológicas iban a ir mal y está subiendo”. En abril la acción sobrepasó los 200 dólares y Juan estaba furioso. Pensó “Bueno, me he perdido una parte de esta subida pero parece que todo va para arriba de nuevo, voy a volver a comprar, total, las acciones están más baratas ahora que cuando compré por primera vez”. Y en mayo compró 4 acciones a unos 250 dólares cada una.
Y tú, ¿tendrías el valor de volver a invertir después de haber vendido todo poco tiempo antes?
A Juan le fue bien a partir de entonces, Meta llegó a superar los 700 dólares por acción en 2025, y en agosto de 2026 ronda los 550 dólares. Pero Juan vendió en uno de los momentos más baratos de 2022 para luego volver a comprar con buena parte del rebote ya cubierto, y perdiendo 2.200€ por el camino.
Lo curioso es que las decisiones que iba tomando Juan parecían tener sentido en cada momento. Por eso las emociones son tan peligrosas, nos hacen actuar de forma que parece racional en el presente. La realidad es que forman parte de una montaña rusa que hace perder dinero a casi todos los inversores en algún momento de su vida.
La realidad es que Juan, aunque en el momento no era consciente, estaba tomando una mala decisión tras otra. ¿Por qué nos pasa esto? Te cuento.
Buena parte de los comportamientos emocionales se deben a sesgos cognitivos que nos afectan, muchas veces sin darnos cuenta. Hay decenas de sesgos, pero te voy a mencionar 3 que se ven claramente en la montaña rusa de Juan.
El primero es el sesgo de anclaje.
Como inversores tendemos a tomar decisiones basándonos en el precio de entrada que pagamos al comprar. En vez de juzgar nuestra inversión por lo que vale, la juzgamos respecto a la referencia del precio de entrada.
El problema es que al mercado le da exactamente igual a qué precio entraste. Juan se puso nervioso cuando la acción de Meta bajó con fuerza desde su precio de entrada. Pero si hubiera invertido años atrás, cuando costaba 50 dólares por ejemplo, casi seguro que la caída le habría preocupado menos.
El segundo es el sesgo de aversión a la pérdida.
Perder una cantidad de dinero nos duele más o menos el doble de lo que nos gusta ganar esa misma cantidad.
Cuando la acción de Meta cayó, al principio Juan siguió comprando más porque veía que estaba más barata. Pero la caída llegó a ser tan abultada y la pérdida de dinero tan grande, que el pánico le llevó a vender para no perder ni un céntimo más. Más adelante a Juan le fue muy bien, pero seguro que no experimentó un sentimiento tan fuerte como con aquella caída.
El tercero es el sesgo de confirmación.
Cuando creemos algo, tendemos a interpretar la información de manera que confirme lo que pensamos.
Se ve muy claro en el caso de Juan en dos momentos. Cuando siguió comprando a pesar de la caída, él pensaba que solo era una corrección y que pronto volvería a subir.
Cuando vendió todas sus acciones, sintió alivio mientras la acción se mantuvo baja y las noticias sobre la mala situación del sector tecnológico confirmaban que su decisión era correcta. Por eso se sorprendió con la subida en 2023.
Y ahora vamos a ver un detalle curioso del comportamiento de Juan. Cuando la acción de Meta cayó, él compró más. Y eso es lo que en ocasiones hacemos también los inversores value, si una acción que nos interesa está más barata y nos conviene aumentar nuestra inversión, compramos más en ese momento.
Pero entonces, ¿comprar más barato está bien o está mal?
Pues depende del motivo. Cuando un inversor value tiene en su cartera una empresa que considera un gran negocio y con un valor mucho mayor que el que reflejan sus acciones, si la cotización cae es probable que compre más para obtener una rentabilidad mayor.
En cambio, Juan seguía comprando porque creía que Meta iba a volver a subir pronto. No analizó la empresa, no había un verdadero motivo detrás de su inversión. Siguió comprando para no admitir que se equivocó y al final terminó vendiendo todo.
En inversión, cuando se actúa por un motivo bien fundado como un análisis profundo del negocio de una empresa, a priori está bien hecho. Aunque eso no asegura que acertemos en esa decisión, porque nadie tiene una bola de cristal. En cambio, si las decisiones no se basan en nada más que en la recomendación de un compañero de trabajo, las noticias y las emociones del momento, son como mínimo dudosas aunque nos hagan ganar dinero de forma puntual.
Si te interesa este tema, en la descripción te dejamos una entrevista a Francisco García Paramés en la que hablamos de la mente del inversor, sobre cómo un gestor profesional lidia con sus dudas, sesgos y convicciones.
Vale, ya sabes por qué las emociones nos hacen tomar malas decisiones de inversión y perder dinero. Ahora vamos a lo importante: ¿cómo evitamos que nos vuelva a pasar?
Es difícil evitarlo al 100%, claro. Al fin y al cabo somos humanos y nuestra mente nos jugará malas pasadas queramos o no. Lo que sí podemos hacer es minimizar las probabilidades de que nuestras emociones nos la jueguen, y para eso tengo 3 consejos.
El primero es decidir antes, no durante.
Planifica tu estrategia de inversión. Decide cuánto quieres invertir cada mes, en qué productos, y bajo qué circunstancias podrías vender cada una de tus inversiones. Luego, si te ciñes a tu propio plan y evitas actuar cuando sientas pánico o euforia, tus inversiones estarán a salvo.
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El segundo consejo es automatizar.
Si programas transferencias mensuales para las inversiones que has planificado, tendrás dos grandes bazas a tu favor: por un lado el propio plan, y por otro lado un sistema automático que lo ejecuta sin que tú tengas que hacer nada. Si no tienes que participar activamente para que tu plan se ejecute, es más probable que tenga éxito porque te quitas a ti mismo y a tus posibles emociones de la ecuación. Y además, así puedes olvidarte del tema y poner tu atención y tu tiempo en lo que quieras hacer.
El tercer consejo es entender muy bien los activos en los que inviertes, qué son y cómo se comportan.
Si no sabes nada sobre la bolsa, una caída del 30% hará que no duermas por las noches, que acabes entrando en pánico y que vendas con pérdidas enormes, como le pasó a Juan.
Si entiendes que la bolsa es volátil y que el mercado de un país entero puede caer un 10, un 30 o incluso un 50% por una crisis, es posible que sientas pánico igualmente, pero sabrás que lo que está sucediendo es natural y tu pánico será mucho más leve.
En resumen: decide, automatiza y comprende tus inversiones. No podrás evitar estar en esa montaña rusa de emociones que nos provoca el mercado, pero será una montaña rusa más suave y quizás no te haga perder dinero por el camino.
¿Alguna vez has vendido una inversión porque estaba cayendo y no querías perder más? Cuéntanoslo en los comentarios, y dinos también si quieres que profundicemos en todo este tema con más vídeos.
Hemos visto que los sesgos son una de las principales causas de que tomemos malas decisiones con nuestras inversiones. En este vídeo hemos mencionado 3, y si te interesa tenemos otro vídeo hablando más en detalle de los sesgos que más dinero nos hacen perder a los inversores, y cómo evitar que nos pase. Tienes el vídeo aquí, y también en la descripción.
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