En el 2009, con 36 años, veo en una enciclopedia, que había en el piso en el que estaba de alquiler, el funcionamiento del Interés Compuesto (la octava maravilla según Albert Einstein). Me construí  una tabla de  excel y todo mi enfoque de corto plazo se evaporó. Lo vi tan claro que ya no he vuelto a especular, es decir, comprar y vender en el mimo día o en la misma semana dejó de tener sentido para mí. Mi mente cambió en seco; fue como un frenazo en el coche. Sabía que tenía que dejar esta forma de tratar a mi poco dinero ahorrado con mucho esfuerzo. Parece fácil asumir esta decisión, pero no lo fue ya que  llevaba varios años escuchando por distintos medios a maestros especuladores que me animaban a hacer pequeñas compras y ventas, de forma impulsiva,  unas con acierto pero otras con pérdidas. Es decir, estaba como mal educado, desinformado. Aunque aseguraban que funcionaba, conmigo, al menos, la especulación, no me dio ni la tranquilidad ni el resultado esperado. Eso no significa que a otras personas no les funcione. Durante varias semanas recuerdo que tuve  un gran sentimiento de pérdida, frustración y soledad bursátil. No sabía qué hacer.

Ese mismo año también tuve que asumir otro gran salto al vacío que cambió mis pensamientos para bien y por tanto mis emociones: mi plan de pensiones de una conocida entidad bancaria, que tenía perdidas de un 50% provocadas por la crisis del 2008, lo traspasé a una gestora de corte value.  Leyendo varios artículos, muy lógicos,  de esta  gestora,  en la que trabajaba D. Francisco García Paramés,  apareció por primera vez en mi vida, cosa extraña ya que llevaba varios años escuchando a especuladores, el nombre de Benjamin Graham.

No quiero parecer repetitivo en el sentido que muchos blogueros se apoyan en inversores famosos, pero un pequeño inversor como yo hemos de gravitar en mentes privilegiadas, y mientras más, mejor. Todos hemos leído u oído a Ben (el padre del Value) de una forma u otra.  Su libro más conocido, el Inversor Inteligente, lo saqué de una biblioteca gaditana y me lo leí o mejor dicho, me lo estudié. Ya no había vuelta atrás. Me estaba impregnado del value o de la inversión inteligente. Ahora, leía todo lo relacionado con invertir (que no especular), leía a los grandes inversores, vivos y muertos, 10, 20, 30 libros. Mi mente había cambiado enormemente si me comparaba con aquel año 2009. Me sentía fuerte, seguro, sabiendo lo que hacía. Todo ello gracias a un conocimiento “inteligente” que me iba como anillo al dedo. Sin lugar a dudas, ese era el camino. Podía escuchar  a charlatanes, leer a timadores tanto desde anuncios  televisivos como en internet, a especuladores, etc. y  no podían embaucarme porque “por fin, ya sabía lo que quería en mi vida”. Todas las dudas se habían despejado, bueno todas, menos una: ¿viviría lo suficiente para ver trabajar holgadamente  al interés compuesto? La respuesta no es baladí. Yo estoy haciendo lo que creo, lo que me gusta, lo adecuado y eso es suficiente. Si no sobrevivo, serán los herederos los que tendrán que tomar las riendas.

Bueno. Pues, ¡ya estoy preparado! ¡Ya soy un verdadero inversor! Estoy contento, pero, ¿cómo lo hago? En el libro Invirtiendo a Largo Plazo, de D. Francisco García Paramés nos lo explica. ¿Empiezo comprando índices?, etc. Podemos invertir en acciones directamente o mediante fondos. Ambos formas son válidas. Si compramos acciones directamente vamos a tener que trabajarnos mucho toda la información relacionada con la acción a comprar, nada fácil, es un camino muy exigente,  intelectual y físicamente ya que hay que echarle horas y no hay track record al que agarrarnos. En cambio, comprando fondos, es más fácil de hacer, más profesional ya que es un equipo el que se dedica a analizar las acciones. La verdad, es que a este tema le he dedicado mucho tiempo. ¿Lo hago yo? Es decir, me dedico 12 horas al día incluido fines de semana como Peter Lynch a analizar miles de acciones. Seamos realistas. Yo, como la gran mayoría de la gente, no soy un genio. Como mucho del montón.  Entre el trabajo que nos da el sustento, la familia, otros quehaceres, es imposible sacar 12 horas al día. Entonces, dedico una horita a la semana y analizo no miles, pero si 5 o 10 empresas. Pues, desde mi punto de vista, el objetivo es optimizar el dinero  y con una hora a la semana no se optimiza igual que con 60. Es decir, los que le dedican 60 horas van a saber más que el que le dedica 1 hora. Y…es más razonable y rentable estar con los que más horas les dedican.

Pero, llegados a este punto ¿qué hago? ¿Invertir dinero en un fondo? ¿Dejar de analizar empresas?  Suena aburrido. Pero no lo es. Les transcribo el segundo párrafo del Prefacio  a la cuarta edición, por Warren E. Buffett (el mejor inversor de todos los tiempos) del libro el Inversor Inteligente:

Para invertir con éxito durante toda la vida no es necesario un coeficiente intelectual estratosférico, un conocimiento empresarial extraordinario, ni información privilegiada. Lo que hace falta es una infraestructura intelectual que permita adoptar decisiones y la capacidad de evitar que las emociones deterioren esa infraestructura. Este libro establece de manera precisa y clara la infraestructura que hace falta. A usted le corresponde aportar la disciplina emocional.”

Vemos que el párrafo recoge dos ideas: a) infraestructura intelectual y b) emociones.

Afortunadamente, la infraestructura intelectual ya la tienen los analistas y gestores. Nos acabamos de quitar un peso o un trabajo de encima, aunque si la obtenemos mejor que mejor.

Nosotros, los pequeños inversores, centrándonos en las emociones, ya tenemos bastante trabajo que hacer. ¿Se lo demuestro? En la vida y en la bolsa, siempre va a haber algo de lo que preocuparnos: guerras nacionales o mundiales, pandemias, crisis energéticas, económicas y/o políticas, inflación, estanflación, recesiones, malos resultados anuales o trimestrales, directores corruptos, contabilidades falsas,  etc y todo esto siempre va aparejado de caídas masivas de valores. Esas caídas (si siempre estuviese subiendo sería un depósito a plazo fijo con reinversión de rentas), que son inevitables, ya que forman parte de la inversión en bolsa, como la noche y el día, son o nos parecen insoportables. Mejor dicho, nos decimos a nosotros mismos con nuestro pensamiento paupérrimo que son inaceptables. Además, nunca, se pueden predecir. Pues bien, siento informales que las caídas hay que aguantarlas. Hay que tener paciencia y resistir esa incertidumbre porque sabemos que por muy feas que se ponga la bolsa, a lo largo de los años subirá, (aunque no sabemos cuándo) al menos eso es  lo que ha pasado en los últimos 200 años y esta vez “no va a ser diferente”. En el punto álgido de la caída, todavía la presión puede ser mayor ya que surgen amigos que te dicen que han obtenido un 50% vendiendo un piso o tu conyugue, que no tiene todos estos conocimientos, te dice que no le interesa todo este riesgo de los mercados, te presiona para que vendas bolsa, etc.

Por supuesto que con las caídas vamos a tener miedo, sudores fríos, dolor y ganas de quitarnos ese sufrimiento de encima. Ganas de que toda acabe ya. Se nos pasará por la cabeza venderlo todo y entrar cuando todo esté mejor. Craso error.

He vivido varias crisis bursátiles. Lo he pasado mal en todas. No lo voy a negar. Pero cada vez menos mal. La mente aprende a relativizar más todas las caídas. Ya he comentado anteriormente que gracias al conocimiento que me han brindado los grandes inversores, siento miedo con la caída pero “poco”, no tan exagerado como al principio. Me entran sudores, pero “irrisorio”, nada de dolor y por supuesto no pienso en deshacerme de mis inversiones ni por asomo. Para ello, utilizo un truco y es controlar EL PENSAMIENTO. Lo he aprendido con D. Rafael Santandreu. Así tendremos emociones normales y no exageradas, puesto que no se pueden eliminar al cien por cien. Los gestores están continuamente comparando valores, ratios de empresas, etc, para llegar a valorarlas. Los co-inversores también tenemos que comparar perennemente para apaciguar nuestras emociones. Pero, ¿qué tenemos que comparar?  Cuando pierdo un 10% o 30% o 50% me pregunto a mí mismo ¿cómo de importante es para mí esta gran caída? En una línea de medir (de comparar) veríamos algo así: es buena, es normal, es mala, muy mala, es horrible o tal vez es el fin del mundo. La gran mayoría de la gente piensa que una caída del 50% es horrible, es decir, en el extremo y otros que es el fin del mundo. Claro, pensar a así, nos lleva a emociones fuertes y feas. Entonces ¿si nos entra una enfermedad muy grave o se nos muere un hijo, diríamos que es ….? Para estos últimos casos, se nos acaban los adjetivos en la línea de calificación. Calificar de horrible todas las caídas en bolsa no es constructivo, ni justo, porque las emociones serán muy exageradas y nada resolutivas. Cabe recordar que hemos de compararnos con todo suceso. No vale decir que con este sí me comparo y con aquel otro no. Por lo tanto, lo más adecuado es intentar calificar lo que nos sucede, en este caso la caída en bolsa,  al principio de la línea de comparación. Es decir, una caída del 50 % en bolsa es normal. Ni siquiera llega a ser algo malo. Creo que hemos de aprender a evaluar en su justa medida.

Puedo darle otra vuelta más a este asunto, pero siempre llego a la misma conclusión. Me explico con un ejemplo: en una gran caída, si pienso mal -que el mundo se acaba, que voy a la ruina, que mejor en el campo con conejos y gallinas, etc,- me voy a llenar de ansiedad y angustia (ambas emociones muy negativas producto de mi pensamiento pavoroso). Es decir, los pensamientos provocan emociones y no al revés como la gran mayoría cree. Si los pensamientos son negativos, tendré emociones exageradas y horribles que a mi cuerpo y mente le sentarán muy mal. Si pienso bien, las emociones serán buenas y mi cuerpo estará estable, pudiendo incluso aprovechar, más si cabe, la gran bajada.

Sé que pensar bien es necesario para aguantar las bajadas, sino nos volveríamos locos, pero no caigamos en la simplicidad en el sentido de pensar bien porque sí y repetirnos como un loro que todo va a salir bien, que esto va a subir mañana por arte de magia. Pensar bien es pensar adecuadamente, con convicción, basándonos y apoyándonos, en un razonamiento previo con los libros, artículos, charlas, audios, comentarios trimestrales, etc de los grandes inversores. Pensar bien también es tener la palabra confianza siempre en mente. Confianza en el track record de estos gestores-inversores, a pesar de gestionar, 500 o 5.000 millones sino más, con la dificultad que eso entraña. ¿Acaso podemos poner en duda la convicción tan enorme que tienen estos gestores en lo que compran y venden manejando semejantes sumas? Confianza también en el largo plazo, como no, el cual es inversamente proporcional a un juego de azar. En definitiva, confianza en que hoy es mejor que ayer.