En cada asunto particular, como en cada tramo del día, la vida se nos ofrece entera, con todo su significado, con su verdad, si estamos suficientemente abiertos a ella y atentos a sus signos. También en la inversión, cada caso particular, cada momento y cada empresa concreta, se nos aparecen llenos de significados que nos revelan su verdad secreta, su razón de ser, si estamos atentos. También en inversión, si queremos tener la razón a largo plazo, si queremos que el tiempo se acabe poniendo de nuestra parte, es preciso que estemos cerca de una verdad.
Pero, ¿cómo conseguir eso? ¿cómo podemos estar cerca de una verdad? ¿cómo podemos tener la razón a largo plazo? Rilke parece responder a esta pregunta. Dice Rilke que la vida siempre lleva la razón. Esto significaría que, si nos mantenemos cerca de la vida, si la escuchamos, si también al invertir atendemos los signos particulares de esa realidad concreta, su voz secreta, quizá podamos aspirar a estar cerca de una verdad y tener la razón a largo plazo.
Mi abuela y mi bisabuela, que eran analfabetas, no tenían otra cosa que la vida. Cuando tenían dudas, zozobras, cuando tenían que tomar una decisión crucial, cuando atravesaban un umbral, una metamorfosis, una grave incertidumbre, un dolor, no tenían otra cosa que la vida. Ni ciencia, ni filosofía, ni tecnología. Sólo la vida, porque en 1900, en Llano de Brujas, una aldea de Murcia, todos alrededor eran analfabetos como ellas. Por pura necesidad, por una estrecha vinculación a la realidad, habían desarrollado un oído fino, atento, a la vida, a los signos de lo real. Escuchaban a los otros, con su experiencia, y escuchaban a su instinto propio, a sus sentidos, a su corazón, a su carne, a la vida que latía en ellas, que late en todos. Y les bastó con eso para darle forma a unas existencias largas, verdaderas, buenas y bellas.
Siento, con el filósofo Ignacio Castro, que hemos despegado masivamente de la tierra –huyendo de su mugre, de su vida mortal, irregular, incierta y misteriosa- para habitar otro planeta tan liso, ingrávido, regular y planificado como… inhumano e ilegible. No es necesario otro planeta ni otra vida. Para habitar con bien la tierra, como lo probaron mis abuelas y sus analfabetos vecinos de 1900, la vida ya nos procura todo lo que necesitamos. No tendría ningún sentido que la vida le diera al zorro, a la piedra, al árbol, algo que nos negara a nosotros. La vida nos acompaña siempre y nos habla con razón en todo lo vivo alrededor, en el corazón de todas las situaciones, y también dentro, en nuestros sentidos, en nuestra carne, en nuestro instinto, en nuestra sangre. Basta atenderla, escucharla, con la fe, el coraje y el amor que merece.
Mientras la masa mundial se empeña en despegar y habitar cada día, cada hora, otro planeta, virtual, acelerado e ingrávido, creo que en Cobas se limitan a seguir habitando la tierra. Habitan la tierra con su gravedad y con su gracia, como propone Simone Weil. Quiero decir que perseveran en la vida, haciendo cosas rarísimas ya: son lentos, porque para tomar decisiones, se toman todo el tiempo necesario; son profundos, porque estudian en detalle cada caso; son contemplativos, porque atienden con mimo cada uno de los signos de lo real; son pacientes, porque todo lo hacen a largo plazo; son humildes, porque reconocen errores y aprenden de ellos; son curiosos, porque siguen leyendo en la experiencia, en los otros y en los libros nuevas claves; son comprometidos, porque cuidan a los que le rodean como a criaturas sagradas; son fieles, porque sostienen relaciones profundas y perdurables con proyectos empresariales, empleados, amigos y partícipes; son responsables, porque se hacen cargo del destino de muchos; son agradecidos, porque reconocen las bendiciones recibidas de sus maestros y sus mayores; son valientes, porque respetan la incertidumbre y asumen riesgos y sus consecuencias; son piadosos, porque no olvidan jamás a los pobres de la tierra; son humanos, porque, saben, con Ferlosio, que humano no es medirse con los otros, sino ocuparse de las cosas; son apasionados, porque se entregan a lo que hacen; y son creyentes, porque nada los aparta de su fe.
En este mundo ya ingrávido por abandono, ellos son seres antiguos, de otro tiempo, seres pacientes, lentos y fieles a la vida, que es paciente, lenta y fiel. Han pasado diez años. Su fe radical en la vida les ha dado una vez más la razón. Esto significa que mientras perseveremos en esa fidelidad y en esa fe del corazón antigua, analógica y sencillísima, la vida –con su razón, con su verdad- no nos abandonará nunca, ni siquiera en los días más difíciles. Qué alegría.
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