En los últimos meses, rara es la semana o incluso el día en el que no leemos alguna noticia sobre la inflación. De repente, algo que parecía ya totalmente superado y que era más parte de los libros de historia que de la realidad cotidiana ha vuelto para quedarse más tiempo del que desearíamos. Para sorpresa de los políticos y desesperación de los consumidores y ahorradores.

Pero además de devaluar nuestro poder adquisitivo, otro aspecto perverso de la inflación es que acelera la desconfianza de los ciudadanos hacia sus gobernantes. Esto es algo que he podido comprobar personalmente a lo largo de mis 30 años de relación comercial con diversos países de Iberoamérica.

Las tres principales economías de la región (Brasil, México y Argentina) han vivido sus respectivos procesos de hiperinflación a finales de los 80s o principios de los 90s del siglo pasado. El récord lo tiene Argentina que llegó a una inflación anualizada de 20.200% en marzo 1990. Le sigue Brasil, donde llegó a 6,800% en abril 1990. Frente a ellos, México «solo» llegó a 179% en febrero de 1988. En los casos de Argentina y Brasil, los gobernantes llegaron a confiscar el dinero de los ciudadanos y a crear nuevas monedas tras suprimir 3 ceros de las antiguas, en un intento de comenzar de nuevo. A pesar de que han pasado más de 30 años de los periodos de hiperinflación, se siguen teniendo muy presentes.

Esos niveles de inflación pueden parecernos muy lejanos, pero las principales causas que los provocaron no son muy diferentes a las que están provocando la inflación actual en las economías desarrolladas (impresión masiva de dinero, déficit público y deudas soberanas excesivas). El paso de inflación a hiperinflación no es necesariamente tan distante: tras un periodo de inflación alta (pero teóricamente controlable), la inflación se retroalimenta, la confianza se desploma de forma súbita y, con ello, se acelera exponencialmente. Por eso la FED, tras estar negando la mayor durante años, parece haber entrado en modo pánico para intentar cortar de raíz la desconfianza hacia el poder adquisitivo del dólar y todo indica en que los próximos meses veremos una agresiva campaña de subida de tipos de interés.

Para un europeo occidental o un estadounidense es muy difícil entender cómo se puede sobrevivir en una situación de hiperinflación (quien tenga algún amigo o familiar venezolano puede aprender lo equivalente a un doctorado de economía en pocos minutos de conversación con él o ella). Los más humildes (que son quienes más sufren el horror de la inflación) se apresuran a cambiar a dólares cualquier ingreso que puedan recibir nada más recibirlo, para después dosificar el cambio de vuelta a su moneda local a lo estrictamente necesario para la compra del momento.

Los que tienen más recursos y capacidad de ahorro, tienden a invertir en activos reales. Muy común es la inversión inmobiliaria porque, aunque no hayan estudiado economía, saben que un activo real, escaso y, en la práctica, cotizado en dólares, es una buena defensa frente a la inflación.

Pero quienes leen regularmente los blogs de esta página, ya saben que la inversión más  eficiente frente a la inflación es la de acciones de empresas cotizadas compradas a descuento, que, unas más que otras, consiguen trasladar la inflación a los precios de sus productos, manteniendo y (en los mejores casos) aumentando sus beneficios y, con ello, eventualmente su valor en bolsa.

Llegados a este punto, podríamos pensar que los tres países a los que me refería anteriormente (o los restantes de Iberoamérica) tienen unos mercados bursátiles plenamente desarrollados, así como multitud de gestores e inversores experimentados en inversiones bursátiles. Pero la realidad es algo más complicada. Brasil es el más desarrollado en el área financiera y hay un buen número de gestores independientes de calidad, incluyendo algunos gestores value muy buenos para invertir en empresas brasileñas. En México también hay algún gestor independiente value de calidad, pero el mercado en general está muy bancarizado.

Por lo que se refiere a inversores, muchos son reacios a invertir en bolsa puesto que tienden a identificarla más con especulación que con inversión. Y también porque desconfían del largo plazo dadas las experiencias pasadas de volatilidad política e inseguridad jurídica y económica.
Pero cada vez más se va viendo mayor disciplina financiera, entendiendo y compartiendo los principios del value investing, sabiendo identificar las oportunidades de conseguir rentabilidades reales positivas en el largo pazo por la consistencia de los fundamentales de la inversión.

Aunque el nivel de inflación en España está lejos de los mencionados arriba, es igualmente perniciosa y haremos bien en protegernos invirtiendo en activos reales, idealmente acciones de compañías cotizadas.