¿Por qué todos los seres humanos, si nos preguntaran, diríamos que estamos menos sesgados que la media?

Todos tenemos sesgos. Tú también. Yo también. La diferencia está en quién lo reconoce y lo identifica.

Hoy os quiero hablar de un sesgo muy curioso que (casi) todos tenemos e intentaremos darle una explicación al por qué. Este sesgo se llama Sesgo del Punto Ciego, haciendo alusión a ese punto del ojo humano que le impide ver al carecer de terminaciones nerviosas para ello.

Este término fue creado por la profesora de psicología de la Universidad de Princenton, Emily Pronin y se trata de la tendencia a pensar que los demás toman decisiones condicionadas por sesgos, por sus propias emociones, pero sin embargo uno mismo no es capaz de reconocer que también le ocurre.
Es estadísticamente imposible que esto ocurra, si yo creo que no tengo sesgos y los demás sí, pero todos pensamos lo mismo, estoy cayendo en una paradoja.

En definitiva, se trata del sesgo de creer que no tenemos sesgos, el ‘metasesgo’.

La investigación de la profesora Pronin reveló algo incómodo: las personas cuando se les pregunta sobre sus propios prejuicios, siempre se definen como «excepciones a la regla». ¿Qué responderías si te pregunto si crees que eres mejor o peor conductor que la media? Casi con toda seguridad me responderás que eres mejor que la mayoría de los conductores. Te sorprenderás al saber que todos los conductores pensamos igual. Curioso, ¿no?

Las implicaciones que esto puede tener en economía de la conducta pueden ser graves. En BrainVestor siempre decimos que el primer paso para superar y mitigar nuestros sesgos es saber más de ellos y hacer introspección y autocrítica. Pero nos encontramos de bruces con la realidad: es realmente complicado ver los sesgos en uno mismo.

Por ejemplo, imaginemos que invertimos en un fondo porque nos lo recomienda un amigo al que consideramos muy buen inversor. En ese momento no solemos pensar: “Estoy cayendo en un sesgo de autoridad.”
Al contrario, el cerebro nos hace sentir que la decisión es completamente racional, y pensamos: “él entiende de esto”, “lleva años invirtiendo”, “le ha ido muy bien”.

Y precisamente ahí está el sesgo.
Lo interesante es que probablemente sí seríamos capaces de detectar sesgos en nuestro amigo si él estuviera haciendo exactamente lo mismo: dejarse asesorar y tomar decisiones sin criterio propio por un tercero. Cuando somos nosotros quienes actuamos bajo esa influencia, el cerebro lo interpreta como lógica y no como sesgo.

Explicar cómo funciona este sesgo no es fácil, pero podemos decir que tiene dos pilares:
1. Asimetría en el análisis de la situación.
Cuando tenemos que juzgar a otros, no disponemos de la información interna que sí tenemos de nosotros mismos, así como su contexto, intenciones y propósitos. Esto provoca que la falta de información nos haga no hacer una lectura correcta de la toma de la decisión. De esta forma, nos damos el beneficio de la duda que a los demás no, solo por el hecho de no conocer bien bajo qué circunstancias se actúa.

2. Protección del autoconcepto.
La autocrítica es compleja y requiere de un nivel de introspección y análisis que es más sencillo de hacer cuando es a alguien ajeno a nosotros mismos. Nuestro cerebro tiende a preferir mantener nuestro autoconcepto como personas razonables y objetivas, especialmente a la hora de invertir. ¿Conoces a alguien que se autodefina invirtiendo o ahorrando como irresponsable, subjetivo o impulsivo? Apuesto a que no.
Nos creemos más objetivos que los demás, y eso es lo verdaderamente peligroso. Quienes creen ser más objetivos que el resto escuchan menos las opiniones contrarias, reflexionan menos sobre sí mismos y sus propias decisiones y, en consecuencia, aprenden menos sobre sus errores.
Pensamos algo como esto: invierto en la acción X por estas razones, que son objetivas y carentes de sesgos. Bajo esta premisa, ¿por qué me voy a cuestionar si esto es correcto?

Aquí tenemos la paradoja: cuanto más convencido estás de tu objetividad, más vulnerable eres a tus propios sesgos, porque no estás dispuesto a verlos y de tal forma nunca los verás.

Si has llegado hasta aquí es porque quieres evitar este sesgo, ¿qué deberías hacer al respecto?

Lo primero, asumir que todos tenemos ese punto ciego, por mucho que nos esforcemos no podemos ponernos en la cabeza de los demás para pensar por ellos y tampoco podemos esquivar a nuestro propio cerebro, que tema decisiones en base a toda la información que posee y a su determinada inclinación biológica a ‘correr delante de un león’. Lástima que ya no necesitemos que se activen los mecanismos para que el león no nos atrape, sino que necesitamos templanza, por ejemplo, en momentos malos de mercado.

La técnica de la tercera persona es tremendamente útil para tomar decisiones y muy usada en programas de Mentoring como el de BrainVestor (si quieres conocer más información sobre este programa gratuito, pulsa aquí). Esta técnica consiste en pensar una determinada decisión y trasladarla a la cabeza de un tercero, ¿qué consejo le darías? Ponte a prueba y crea una discusión interna contigo mismo. Prueba a desafiar esa decisión.
Asume que tienes puntos ciegos como una certeza. A veces el lenguaje que empleamos es muy determinante. La pregunta no es «si» los tienes, sino «cuáles» son.

Apunta en un cuaderno la decisión que has tomado, tómala de referencia para retomarla si dudas en un futuro de los motivos que te llevaron a ello. A este ejercicio le llamamos en Mentoring ‘el cuaderno del inversor’ y es fundamental para crear un hábito de toma de decisiones sano y no impulsivo.
Pedir opinión a un tercero es también otra posibilidad, de tal manera que, utilizando su propio punto ciego, nos dirá qué cree que estamos ignorando al tomar una decisión.

En definitiva, el sesgo del punto ciego es un recordatorio de que la mente humana viene de aquellos homínidos que tenían que correr delante de los leones, cuyo cerebro está diseñado para que cada microsegundo sea la diferencia entre vivir o morir. Sentar las bases de la economía de la conducta en nuestro día a día será, sin duda, garantía de una mejora de nuestras decisiones.

El enemigo no suele ser el mercado.
Suele ser la historia que nos contamos sobre nosotros mismos.
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